sábado 30 de julio de 2011

BATUMI

¿El tiempo pasará?


"Un mes es mucho tiempo", dijo Ahab con la cabeza apoyada en la ventana mientras observaba el paisaje buscando el sueño tras nuestra huida de Yerevan. "No sé cómo tomarme eso", dije yo, "seguro que lo he dicho como algo personal", me pareció entender o creo recordar sentado en este porche en un indeterminado lugar de Batumi.



Si cerrara los ojos y los abriera diría que he despertado en La Habana y que todo lo que ocurrió entre medias fue un sueño, o que de nuevo sueño con La Habana. Allí donde también perdí absolutamente la noción del tiempo. "¿Qué día es hoy?" nos preguntamos unos a los otros con no demasiada frecuencia. "Jueves, viernes... o sábado", y seguimos jugando a las cartas o mirando por la ventana... o leyendo -¿por qué no me traería un libro más gordo?


Mi últimamente recurrente torpeza acabó con el único medidor de tiempo que tenía a mi alcance, es decir, mi teléfono móvil, y ya no sé ni que hora es, ni que día es, ni nada. Dicho sea de paso, he perdido un medio de comunicarme de manera independiente a mis compañeros, que aunque amable y desinteresadamente me ofrecen sus teléfonos móviles como solución, a mí no deja de tocarme los cojones no poder ir a mi aire.



Y ahora el tiempo pasa y no pasa. Por un lado las horas no pasan, por otro lado los días sí, pero lo que importan son las etapas. O dormimos poco y los días parecen eternos o nos dormimos en todas partes y las jornadas que cuento por sueños se multiplican.


En última instancia no saber o perder mi independencia para medir el tiempo hace que me obsesione y me sobre-cuestione con ello y esté todo el rato pendiente del tiempo que funciona de manera tan independiente a cómo lo percibo.

"¿Qué hora es? Son las nueve. Es muy pronto." Tenemos una hora, tres horas, un día, diez días... hasta 24 días... y 24 días es mucho tiempo.

Curioso e irónico es que haya estado buscando perder la noción del tiempo durante dos veranos desde entonces [NdE: La Habana] y ahor que lo he vuelto a conseguir me ahogo completamente. Se trata de uno de esos imprevistos de la planificación. Es también curioso e irónico que este tipo de planteamientos surjan cuando la intensidad de las aventuras desciende, y llegamos a una de esas islas del placer que este viaje nos depara.

En este cao tiene forma de casa grande, suelos irregulares recubiertos de madera, y un precioso porche que invita a tomar la fresca -además de mosquitos tan grandes y mortíferos como un B-52-, y esta habitada por sonrientes lugareños que nos planchan la ropa y nos dan pastitas con el café. Yo no sé vivir así aquí ahora. Mis compañeros parecen sin embargo muy apacidos.

Se cierra en este porche en silencio la primera etapa del viaje que geográficamente denominamos "Cáucaso", y se abre ante nosotros una nueva etapa mientras incapaz de realizar un pronóstico me pregunto si el tiempo pasará.


 PD: en los últimos párrafos de esta entrada, la nariguda y polida y bien provista hijade la casa ha turbado nuestra paz diciendo que eran las nueve y cuarto pronunciando como si fuesen las diez menos diez -fifteen o fifty-. Así pasa el tiempo.