lunes 25 de julio de 2011

TBILISI



25/7/2011 - 27/7/2011 TERCERA & CUARTA JORNADA EN TBILISI [en 2 actos]

PRIMER ACTO: RENOVAR LA FE

Estimada Dayane: permíteme comenzar mi relato con un lugar común: no sé por dónde empezar. Quizás con un solo vistazo al encabezado adviertas dos cosas. La más intrascendente, que he perdido mi bolígrafo negro (los dos en la primera semana, confirmando que fui tan optimista como descuidado o, tal vez, con mayor seguridad, despreocupado, a la hora de hacer el equipaje); la segunda, algo más inquietante para alguien quien, como tú, me conoce y sabe soy escrupuloso a la hora de regular mi deber para con el registro diario de mis actividades, es que yo y mis compañeros de travesía nos hemos visto suficientemente ocupados (y preocupados) como para dejar de lado el cuaderno de bitácora. Por favor, no lo achaques a la pereza.


La jornada del lunes 25 prometía ser interesante. Habíamos planeado visitar Gori y las afueras de ese plátano semi-podrido que ha resultado ser Tbilisi. Entre otros, uno de los principales motivos para nuestras altas expectativas era el de recorrer los pasillos del Museo Stalin, ese pequeño cabroncete (¿1'60 o 1'70 y pocos?).

Tuvimos hasta suerte con el lugareño que nos proporcionó el transporte. Conforme avanzábamos por el camino y la marshrutka iba quedándose sin más pasajeros que nosotros cuatro fue ofreciéndonos encadenar más destinos por sólo algunos módicos y razonables aumentos de precio.

En el primer apartado del trayecto, querida Dayane, trayecto que fue amenizado por los viles naipes, fuimos acompañados por algunos norteños algo demacrados. Tal adjetivo, no hace falta que lo diga, no es de mi factura, sino que lleva el sello del picajoso boticario Ahab, allí presente.

Gori no era -es, en realidad- más que una pequeña ciudad venida a menos. Encajada en medio de un valle cuya médula espinal es un río sucio y lánguido, no exento de momentos en los que la corriente cambia del paso al troto (pueden contarse con los dedos de una mano, eso sí), la ciudad contaba con algunas fábricas y un par de vetustas moles de piedra conocidas como Jrushovkas. El resto, casitas a medio camino entre lo modesto y lo precario, estaba aglutinado bajo la sombra de una pequeña fortaleza encajada en un risco.


He de disculparme. Lo que prometía ser una narración de aventuras se ha convertido en un manido paisaje monotemático con una prosa torpe. Me estoy dejando llevar por la bonanza del clima en Kazbegi, desde donde te escribo estas palabras, en una posición relajada que no hace justicia a lo acontecido, lo que te he de contar en realidad.



Tras visitar los orígenes stanley-kubrickenses del homo georgianus en Uplistikhe, volvimos acompañados de unas muchachas francesas que nos recomendaron visitar el monasterio de David Gareja al día siguiente. Debimos sospechar sobre sus consejos, pues aseguraban, las muy incautas, que el museo de Stalin no sería una buena idea. Te diré más, Dayane, sus dientes (los de la castellano-parlante, la única cristiana) debieron ser la pista para malpensar. Pero no. Por si fuera poco, el boticario incluso se (nos) ofreció como guía en su próxima e hipotética visita a España. Siempre intentando mojar el churro, el lulu.

El señor sudoroso nos llevó al museo del cual recuerdo, ante todo, el WC de madera de estalisnao, su espejito de la paranoia y, por supuesto, las piedras que conservaba, de entre sus bienes más preciados, para no olvidar la muerte de su hijo. Entre tales dones se cuenta una fantástica lámpara-tanque con radio, etc... Me lo pido [NdT: regalo del Mariscal Zhukov].


Tras un obligado tentempié nos dirigimos a Mtskheta, previa visita a la señora de nuestro conductor, dios la tenga en su gloria. De aquella mesa me gustaría guardar para el recuerdo aquellos dos tazones de estofado, los diamantes como de dátiles y el infalible vodka.



El monasterio con cajero automático y un patriarca forofo de la Liga BBVA, para qué mentirte, Dayane, tú que notarías la ironía o, incluso, el miedo a defraudar, más que prescindible.

La jornada, como ves, bastante placentera. Maldita la hora en la que decidimos bajar la guardia. Le deseo la muerte más lenta y dolorosa a aquel que se aprovechó de nuestra renovada fe en el hombre, en la solidaridad entre hombres de palabra. En efecto, el señor conocido entre sus huéspedes como "hijodeputa exdrogadicto/presidiario-ahí te pudras, malnacido", o simplemente "Picassent", era ante todo un hombre de palabra.

Al informarle de nuestra intención de subir a aquella montaña repleta de serpientes para ver la frontera con Azerbaiyán, Picassent se nos ofreció para llevarnos, haciendo gala de su amplio abanico de tours non-profit. Simply the petrol, decía el despojo humano.

Horas antes mis compañeros y yo nos sorprendimos al coincidir nuestra capacidad de sentir algo parecido al cariño en dirección al bulímico Tom Bombadil que presidía nuestra ONG de acogida [NdE: no proyectes]. Todos menos el Rafita, incapaz como es de sentir algo más allá de las ganas de disparar perdigones desde su ventana.

El Rafita en todo su esplendor
He de decir en honor a la verdad que, para mi descargo, yo no estuve presente en el momento de la confirmación, o mejor dicho, de la aceptación del plan. [NdE: ¡Pero si lo hicimos por ti! ¡Tú eras el entusiasta de David Gareja; nosotros nos habríamos conformado con quedarnos un día más en Tbilisi!]


Iríamos con Picassent, el ent, a David Gareja, en su fantástico Lada Niva 4x4, y después visitaríamos a su madre en Melanie. Solo pagaríamos la gasolina, como ya dije, además de la carne que asaríamos en villa-Picassent. JODER, Dayane, jo-der. Ilusos, paseamos por la barriada en espera de un bonito día que habría de llegar.

SEGUNDO ACTO: SERPIENTES EN EL JEEP


He pasado demasiado deprisa por algunos aspectos. Mis compañeros han tenido la bondad de señalármelo. Todos ellos coinciden en que necesitarás una descripción completa de nuestro anfitrión, el antes mencionado Picassent.

Nuestro suricato mutante, en realidad Giorgi Berishvili, era un pollo georgiano de la cosecha de 1975, año de la muerte del General Paquito, el cetrero de todas esas golondrinas de piedra que todavía adornan nuestras calles. En anteriores crónicas habrás podido comprobar el terror que el susodicho (Picassent, no Lord Grievous) nos inspiraba. Lo mejor, Dayane, será que te relate cuál fue nuestro primer paso. Recomiendo refresques el relato del boticario Ahab, y que releas la pieza de nuestro dramaturgo oficial, Papo Poliakov (otro alias del Capitán Huevofrito).

Pues bien, subíamos aquellas escaleras del patio de la Poskhverashvili número 14, si no me equivoco, y al tocar la que creíamos, acertadamente, que sería nuestra puerta, nos abrió el padre de la criatura.



No es este lugar para describir nuestra relación con el señor Berishvili padre, por otro lado harto correcta. Lo que ocurrió es que, mientras preguntábamos por el responsable de nuestro alojamiento, una figura quijotesca de asquerosísima figura bajó torpe las escaleras que llevaban al improvisado cobertizo. Era él.

Metro noventa largos de la más roñosa consistencia justificaban que Picassent optase a la categoría de persona. Era tal la delgadez de Picassent que lo que generalmente estaría en un costado como, por ejemplo, una puñalada en el costado, en su caso estaba a sólo tres o cuatro centímetros del ombligo.

Lobezno y las secuelas de tener un esqueleto de adamantium.

Se trataba de una delgadez a todas luces enfermiza, de modo que en el lugar donde normalmente habría pectorales no tenía más que una hendidura para guardar el casco de la moto. En lo amargo de mi pluma, puedo asegurarlo, hay más justicia de lo que puede parecer a estas alturas. El vientre de flaco cabrón era recorrido por otra cicatriz que, probablemente, se habría agenciado en la cárcel. A tal conclusión llegamos tal identificar en su pecho los tatuajes de otros expresidiarios que habíamos conocido. Esto era posible gracias a que, JODER, Dayane, nuestro amigo Picassent nos recibió solo con unos calzoncillos elásticos que no dejaban nada a la imaginación.

La versión zombie de Fido Dido nos llevó hasta la que sería nuestra habitación durante las siguientes 4 noches. Nos increpó por no haber re-reconfirmado nuestra reserva y empezó a darnos la información que hasta hoy hemos ido recopilando. Un elemento clave para tu mejor comprensión de lo ocurrido era su incapacidad para comunicarse, especialmente en inglés. Una pronunciación que cualquier laringólogo o logopeda describiría como retrasada y una velocidad propia del tren de mierda desde donde te escribo esto, querida Dayane, imposibilitaban cualquier atisbo de comunicación mínimamente normal. El tipo, para que te hagas una idea, parecía y hablaba como un espantapájaros.



Los primeros días detectamos todos estos signos fatuos como algo negativo. Le evitamos. Rechazamos sus ofertas siempre desorbitadas para viajes que, como narré en el primer acto, no requería más que un poco de fortuna. Sin embargo, fallamos. Aceptamos su oferta, aceptamos que nos condujese a David Gareja. Convenimos que nos acompañase el dueño de un ruinoso perro sarnoso (y esto no es sólo literatura, créeme), un confeso consumidor de cocaína y marihuana que afirmó, tumbado en el jubón pulgoso de su tejado, ante el asombro de los allí presentes, que no requería de los servicios de profesionales para calmar la afición a su mayor vicio público: las mujeres.



La mañana de autos seguimos su cojera oscilante hasta su coche. Llevábamos nuestros víveres, nada más y nada menos, henchidos de un buen humor que desapareció con la primera arremetida que aquel Lada dibujó en el patio. El saldo de los primeros dos minutos fue un retrovisor a la virulé, el prometedor comienzo de una intoxicación con plomo y un importante acojone general.

La conducción de nuestro Frankenstein palúdico nos hizo retorcernos de la risa, una risa nerviosa propia de aquellos que ya negocian con el destino un final hospitalizado para evitar el punto y final de los seguros de vida. Sé en qué estás pensando, y es justo darte una respuesta enseguida. Le pedimos que moderase su velocidad, pero no obtuvimos absolutamente nada por respuesta. Flaco cabrón siguió intercalando marchas mostrando una absoluta falta de respeto hacia lo que dios quiera que sea la costumbre en materia de seguridad vial en Georgia, aunque dicho sea de paso, mostraba el mismo desdén por los fundamentos de la mecánica.

El baile comenzó al desprenderse el tubo de escape. Ofrecimos tomar un taxi de vuelta sospechando que los berridos de aquel elefante moribundo ocultaban más taras. Paramos más veces. Los mecánicos intercambiaban entre sí miradas divertidas. Ninguno de los talleres parecía ofrecer la solución al problema sobre el cual Picassent no nos quería hablar. El tiempo pasaba y lo dantesco de la situación aumentaba junto con nuestro mosqueo. Paramos una HORA a comer para esperar que ese coche repleto de gasolina pagada de nuestro bolsillo nos sacase de allí.

El que sospechábamos era nuestro sidoso (o quizás enfermo de hepatitis B) conductor de los cojones nos llevó finalmente por un camino no asfaltado en el que se empeñó en coger obsesivamente cada bache. No pasó mucho tiempo hasta que el motor reventó ("¡smoke, smoke!") debido al calor del radiador. Estábamos sin aguar. Esperamos en medio de la nada hasta que un alma caritativa que no viajaba con un retrasado nos socorrió.


Avanzamos hasta el monasterio. Eran casi las 4 de la tarde y el sol era criminal. JODER.

Azerbaiyán


Decidimos desfogar nuestro enfado con alpinismo iniciático. Azerbaiyán se parece al resto de montañas, pero acordamos que vale la pena. El error, Dayane, fue dejar tanto tiempo a Giorgi solo.



Al volver al coche estaba igual o pero, solo que con una tortuga meona en el asiento de copiloto. Bien. Sigamos. Aquello es intragable, se masca la tensión. Vuelve a parar, casi atropella a un gasolinero, nuestro mal humor se dispara, la comunicación es imposible, le explicamos que el plan no puede continuar porque su coche de mierda, aka el Pupas, no estaba en el trato. Ni caso. Amenazamos con un motín. Se pone violento. Sigue con SU plan. Reculamos. Nos conduce a su pueblo. Tensión. Madre amable, madre amable chillada. Ninguneada, a lo caucásico. No hay khinkali, pero hay pan y yogurt. NO COMPENSA. Tardamos tres horas y media en volver, parando cada dos por tres. Nos para la policía, destroza las llaves, hace un puente. Es subnormal. Pausas cada 5 kilómetros. No llegaremos. Llegamos.


Se caga en la puta. Le imitamos. Pedimos agua. Empezamos a borrar nuestras huellas. Se masca la tragedia. Llegamos. Joder, que angustia. Maldice en georgiano. Ha perdido a los polacos. Nos ha vuelto a timar (gasolina + bebidas). Le expulsan de la gasolinera de los saltamontes muertos. Casi llegamos. Arrancar es un mundo. Ya llegamos. Besamos el suelo. Sobrevivimos.

Bienaventurados aquellos que viajan con veteranos de rally georgianos porque podrán convalidar su experiencia con dos capítulos de Bricomanía, media bibliografía de Kafka y Dayane, lo que es más importante, experimentar el sentimiento más bonito del mundo.

LA FURIA ASESINA

En un tren a Batumi, 27-28/7/2011

Komodoro Kakas